El humano es el único ser vivo que presenta quejas sobre todo a su alrededor. A partir de sus incomodidades y penumbras, nos alimentamos del raciocinio que ha evolucionado a lo largo de la historia. El hombre se cansó de cazar y morir, de caminar con su poca familia sin tener un mañana seguro. Surgió entonces la inquietud humana: hacer todo más fácil, más rápido y mejor, y ello se ayudó de la curiosidad (preguntarse qué hacía y cómo se sentía todo a su alrededor) y la inherente inteligencia, empírica y, después, estudiada. Fue así que el ser humano inventó a inventar.
Desde una comunidad sedentaria, las necesidades básicas se volvieron menos acuciantes y, a través del día a día, había más tiempo para desperdiciar en pensar. El desarrollo de la humanidad dependió de ese amplio abanico de ocio. A través de dicho, los más observadores de la especie procesaron las grandes invenciones de la humanidad, que no sólo en ese momento eran impensables, sino que también los más conformistas se negaban a cambios que aumentaron la esperanza de vida de todos los seres (con la evolución de la medicina), sofisticaron, aceleraron y brindaron practicidad a la rutina de casi todos los sectores de la población.
Pese a este elemento fructífero, Charles H. Duell, comisario de la Oficina de Patentes en Estados Unidos, dijo en 1899 “Todo lo que puede inventarse ya ha sido inventado”, en una época donde aún no existían las innovaciones más importantes para la humanidad actual. No obstante, es necesario reconocer que para engendrar un invento debe existir una necesidad que lo preceda. De otra forma, dicho “invento” sólo sería el primo o hermano de uno ya existente, y el propósito de crear es dejar de hacer lo mismo que se ha hecho siempre.
Un ejemplo de ello es William Kamkwamba, también conocido como el niño que domó el viento. El ahora innovador, ingeniero y autor, nació en uno de los países más pobres de África, Malawi, y desde la pasión por aprender a ayudar, construyó en 2002 un aerogenerador para alimentar aparatos eléctricos. Siempre tuvo en mente la necesidad de su comunidad Wimbe y la preocupación por su calidad de vida. Con un conocimiento básico en inglés, estudió los diagramas de algunos libros de la biblioteca escolar, escuela que ya lo había expulsado por no tener para la cuota mensual. Utilizó un ventilador de tractor, tubos de pvc, el cuadro de la bici de su papá, un amortiguador, un dínamo y madera de eucalipto. Así construyó el molino de viento que proporcionó agua limpia, prevención contra la malaria, energía solar e iluminación para las seis casas en su complejo familiar, además de un sistema de riego por goteo que acabó con la hambruna y potencializó la actividad agricultora de su padre.
Los inventos dejarán de surgir cuando la humanidad deje de existir. Mientras existamos, también seguirán existiendo los problemas y las necesidades. Tan sólo en el área de la medicina y la ciencia genética, pese a que se hayan hecho un sinnúmero de avances, a estos campos todavía les hace falta un par de siglos para descansar; queda pendiente curas bien establecidas para enfermedades crónicas y degenerativas, además de los nuevos y renovados virus que salen a la mínima oportunidad. En otra instancia, el transporte también requiere de mentes innovadoras. Desde hace siglos se sigue el mismo principio mecánico para el automóvil, prácticamente desde sus inicios. Más allá de autos que se manejen solos (los cuales sólo pueden costearlo personas que ni siquiera manejaban su auto en primer lugar, entonces sólo se están evitando el sueldo de un chófer de carne y hueso), se necesitan alternativas que disminuyan la huella de carbono en el planeta.
La falta de producción de alternativas se basa en la comodidad vetusta de las empresas que acaparan los inventos que continúan en boga, más por sus actualizaciones que por sus nuevas invenciones. De esta manera, el transporte aéreo se mantiene entre las principales causas de contaminación en el mundo, sin embargo, hay demasiadas empresas multimillonarias inmiscuidas que no se preocupan por cambiar en el modo de hacer las cosas. Asimismo, la tecnología móvil se basa en sacar infinidades de actualizaciones y modelos con el más mínimo cambio respecto a las versiones anteriores, sin aportar más la característica de necesidad o utilidad. Basar su estrategia en el dinero se dirige a la novedad y la tendencia, antes que al ingenio. A la larga, el consumidor de a pie notará que esto se trata de una mala inversión para él y su entorno.
Entonces, ¿aún se puede inventar? Por supuesto. Siempre se puede observar que en el entorno siempre habrá algo que se necesita, por muy pequeño que sea. En este mundo globalizado se necesita buscar un modo diferente de hacer las cosas y no sólo de cómo dar la imagen más sofisticada y actual. Basta con ver el entorno y considerar lo que otros necesitan para ayudarse entre sí, ser proactivos con la creatividad que se pueda gestar en comunidad, con personas que deseen hacer también un cambio. Por último, se debe recordar que crear implica ir contracorriente. No es dar a la gente lo que cree que quiere, sino lo que necesita.